Un poquito más
- Olga Micha

- hace 11 minutos
- 4 Min. de lectura

De Pitágoras sé muy poco. Recuerdo que en la escuela me enseñaron algo del Teorema de Pitágoras, pero la verdad es que no me acuerdo ni qué es. Me puse a investigar con la intención de escribir algo para hoy y descubrí algo curioso, en realidad de Pitágoras también se sabe muy poco. Dicen que nació en Samos (Grecia) por ahí del 570 a.c., que fundó una escuela y que creía que los números explicaban el universo. No sé muy bien de dónde sale toda esa información ya que Pitágoras no dejó ni una sola nota escrita, pero al parecer todo eso lo sabemos por lo que contaron sus alumnos
A pesar de eso, creo que casi todos hemos escuchado el nombre de Pitágoras. Estoy segura de que, así como a mí, a la mayoría nos enseñaron alguna vez el famoso Teorema de Pitágoras, aunque muy pocos lo usamos en la vida diaria. Como muchas de las cosas que aprendimos en la escuela, muy útiles para pasar el examen y luego pasan directito al archivo de los olvidos.
El caso es que, mientras estoy sentada en el restaurante observando cómo el mesero me sirve el vino, me doy cuenta de que me tocó la última copa de la botella, esa en la que vienen incluidas las gotitas de la felicidad. Entonces me pregunto si esas gotitas de la felicidad serían suficientes para vaciar una copa de Pitágoras.
Y me imagino a Pitágoras en un simposio, esas reuniones griegas en las que había vino y se hablaba de filosofía mientras se intentaba resolver el universo, como si entre copa y copa alguien pudiera finalmente entender cómo funciona todo esto. Lo veo sentado frente a una botella de un buen vino griego, esta vez blanco, observando la mesa con la calma de quien ya sospecha que el mundo no se arregla así tan fácil. Supongo que la plática empieza a ponerse buena y entonces su alumno favorito, Aristóteles (que en realidad nació casi dos siglos después), se levanta para servirse otra copa. Desde el otro lado de la mesa Platón (que todavía tardaría más de un siglo en nacer) menciona algo sobre triángulos, hipotenusas y sombras en una caverna, como si tres líneas bien acomodadas y un poco de luz pudieran explicar el universo entero.
Seguramente era un comentario brillante, pero como buen maestro Pitágoras lo pasa por alto. Está distraído mirando con sarcasmo y con paciencia a su aprendiz consentido, porque sabía que en cualquier momento esa copa (que ahora es famosa), haría su trabajo.
Las gotitas caen, pero esta vez en mi copa, y el mesero incluso hace una broma al respecto. Entonces me entra la duda, ¿quién decidió cuánto vino debe contener una copa? Alguien, en algún momento, decretó que 150 mililitros eran la medida perfecta, suficiente para percibir los aromas, oxigenar la bebida y mover la copa sin que se derrame. (Ja, ja, ja… aunque supongo que eso dependerá más del pulso de la mano o del swing de quien sostiene la copa). Qué cosas se inventa la humanidad para complicar cada pequeño detalle.
Entonces Pitágoras observa en silencio cómo sube el vino en la copa de Aristóteles. En ese instante quizá piensa que su famoso teorema no era tan importante como aquel otro invento que, seguramente, sería mucho más útil para la naturaleza humana. Y sucedió… A Aristóteles le valió un pepino la medida reglamentaria de 150 mililitros. Qué medida ni qué nada. Se sirvió lo que le dio la gana. Pero, ¡oh sorpresa!, no contaba con que aquella era la famosa copa de Pitágoras. Cuando levantó la copa, muerto de antojo, dispuesto a darle el primer sorbo, el vino empezó a desaparecer misteriosamente por la base. Aquella copa tenía un pequeño truco y, si alguien la llenaba más allá del punto exacto, se vaciaba por completo.
Pitágoras se carcajeó. No porque el vino hubiera desaparecido, sino porque entendía perfectamente que el ser humano siempre tiene ganas de más, y que a menudo ese “poquito más” era un poquito grave. Siendo matemático, seguro tenía claro que un pequeño exceso nunca es insignificante, un decimal extra o fuera de lugar cambia todo el resultado. Que un milímetro parece poquísimo, pero puede ser suficiente para que una figura deje de ser la misma. Que una gota más puede ser la diferencia entre una copa llena y una copa vacía. Y una palabra más, una insistencia más, una pelea más, una llamada más… cualquier “más” puede ser decisivo, porque a veces basta un gesto diminuto para que algo que estaba perfectamente bien calculado empiece a desbordarse.
Tal vez por eso su invento era más interesante que su famoso teorema. No hablaba de triángulos, ni de hipotenusas, ni de cálculos perfectos, sino de ese impulso diminuto que aparece justo cuando ya es suficiente. No sé si Pitágoras inventó realmente la copa, pero sí sé que existe y también creo que los griegos sospechaban algo importante, que el problema del ser humano rara vez es la falta, sino ese pequeño deseo de un poco más.
Miro mi copa otra vez, no la de Pitágoras, sino la de la verdad. Honestamente no me parece suficiente, pero, por prudencia matemática, decido no pedir otra. Uno nunca sabe cuándo un poquito más puede vaciarlo todo.
%201.png)
%207.png)



Comentarios