La piel que delata
- Olga Micha

- 10 abr
- 4 Min. de lectura

Estaba leyendo en una revista acerca de los diferentes tipos de piel. Piel seca, piel grasa, piel mixta, piel sensible… y para cada una, una solución. Cremas, sueros, retinoles y un millón de tratamientos. Unos para cuidarla, otros para el sol, otros para el envejecimiento… hay cremas y tratamientos para todo. Hay una industria entera girando alrededor de la piel.
En ese momento pensé, que si hubiera podido elegir mi tipo de piel, probablemente habría escogido otra. Una un poco más morena, para no llenarme de pecas y para no ponerme roja camarón en cuanto me da el sol. Y es que el tema con la piel clara, es que es medio chismosa, siento que es de las que delatan muy fácil lo que a uno le pasa por dentro. Ya saben… si algo da pena se pone roja, si algo asusta se pone transparente, si algo enoja casi se marca el azul de las venas… y así… es una piel que no sabe guardar secretos.
También estaba leyendo que el color de piel cambia según el lugar del que venimos. Que la piel de los africanos es mas oscura que la de los noruegos porque en Zimbabwe el sol es más intenso. Según esto, cuando los humanos migraron a Europa, la piel se fue adaptando al nuevo clima y se volvió más clara para poder absorber la poca luz disponible. No sé, el caso es que aunque revista de belleza, el artículo le echaba ganas por no quedarse solo en la superficie.
Y mientras leía (por supuesto, en la sala de espera del dermatólogo), acerca de las pieles y recordaba los muchos problemas que los colores y sabores de las personas han provocado a lo largo de la historia, me fui a pensar en algo que nada que ver…
Yo no sé cómo, pero de la piel terminé en una reacción que a mí me obsesiona. Porque, al final, hay algo que compartimos absolutamente todas las pieles: las arrugadas, las lisitas, las peludas y las lampiñas… todas.
Por buena suerte, todas ellas responden, tarde o temprano, a ese momento casi inexplicable que es la piel de gallina.
Qué nombre tan terrible para una sensación tan grandiosa, ¿no? No puedo evitar imaginarme al pollo recién desplumado, con el pellejo lleno de puntos, amarillo y resbaloso… y solo puedo pensar que qué manera de joder algo tan hermoso.
Porque lo que significa, lo que se siente, lo que esa sensación provoca en el cuerpo, no tiene nada que ver con esa imagen del ave pellejuda. Yo más bien pienso que cuando la piel se nos pone de gallina es por algo muy especial, por algo muy profundo. Es de las mejores sensaciones, de las más francas. Así que el nombre es una lástima. lo más chistoso es que no es solo cosa nuestra… En todos lados hicieron lo mismo, en inglés goosebumps piel de ganso, en japonés piel de pájaro, en francés carne de gallina… parece que como humanidad decidimos que lo más profundo que sentimos merecía el peor nombre disponible.
El caso es que a mí la piel de gallina me vuela la cabeza. De todas las reacciones del cuerpo, esa en particular es la más inexplicable y mágica. Pero no hablo de la piel de gallina por el frío o por el susto, ya me entienden, hay una piel de gallina que es la que viene directo del alma. Esa que no suele suceder tan seguido y dura solo un par de segundos, que es involuntaria pero transparente. Es una sensación interna tan intensa que termina llegando hasta la primera capa de nuestra piel. Y a mí me parece mágico. Porque la piel sabe, la piel habla y traduce. Es por eso que no sé por qué nos empeñamos tanto en modificarla. La piel nos delata, y si tiene grietas, y si tiene arrugas, y si tiene manchas, y si no tiene nada, cada detalle de nuestra piel es un detalle de nuestra historia, de nuestra vida y de quiénes somos.
Y si eso ya es evidente… la piel de gallina lo deja todavía más claro.
Así, de sorpresa, puedes escuchar una canción, percibir un olor, toparte con alguien, recordar algo que creías olvidado… y de pronto pasa. Sin aviso. Algo se acomoda, y la piel nos da el aviso, nos guste o no. No hay cremas, ni cirugías, ni luz pulsada que evite que, cuando a la piel le da la gana sentir y erizarse, lo haga. Y como en una película infantil, me gusta pensar que alguien en el centro del corazón sopla un diente de león, y esas pequeñas pelusas blancas viajan hasta encontrar la forma de salir a la superficie.
Y luego está la explicación científica, que como todo, intenta ponerle orden a lo que sentimos. Dicen que la piel de gallina es un reflejo del sistema nervioso, que pequeños músculos debajo de cada pelito se contraen y hacen que la piel se erice. Le llaman frisson, y lo describen como una descarga en el cerebro donde se activa el sistema de recompensa y se libera dopamina. Sin drogas, sin alcohol, sin estímulos externos. Dopamina pura y sana.
Pero para la ciencia es biología, química, evolución. Y aun así, no logra explicarme por qué me pasa con una canción y no con otra, con una voz y no con otra, con un recuerdo en específico o con una persona en particular. La ciencia tendrá sus razones… pero todavía no sé por qué algunas cosas tienen ese poder de erizar y otras no.
Busqué en la interminable lista de la revista alguna crema, suero o retinol que produjera piel de gallina. Irónicamente, hay una que la quita (o sea los puntitos de la gallina), sin embargo, no venden nada que la provoque… Y qué lástima la verdad, porque digan lo que digan, la piel más hermosa ha sido, es y será la que todavía se eriza. La que nos recuerda que todavía sentimos, que seguimos vivos y que hay cosas que, sin saber por qué, nos atraviesan.
Y mientras espero mi turno, sonrío pensando que ojalá esta piel nunca deje de delatarme.
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