Las otras
- Olga Micha

- hace 11 minutos
- 6 min de lectura

Hay un cuento de Borges titulado El otro, que trata de un tema irrelevante, seguramente inexistente, pero no por ello menos interesante. Borges llega a una banca frente a un río y enseguida siente eso que sentimos cuando creemos haber vivido antes el mismo momento. En su caso, o al menos en su cuento, la sensación resultó ser cierta, pues segundos después se encuentra con un joven desconocido que parece estar esperándolo. Comenzaron entonces a platicar. Los dos eran argentinos, los dos vivían en Ginebra, los dos eran la misma persona. El Borges viejo sospechó casi de inmediato a quién tenía enfrente, pero el joven tardó más en darse cuenta. Ambos se llamaban Jorge Luis Borges, ambos se parecían físicamente, aunque uno tenía el pelo blanco, más arrugas y le llevaba al otro varios años de ventaja.
El viejo, con la certeza que solo tienen los viejos, quería demostrarle a su yo más joven que eran la misma persona. Empezó por lo más simple. Le describió su casa, le habló de algunos libros, de su lugar exacto en los estantes y de detalles que nadie más podía conocer. Incluso mencionó un libro que el propio Borges había escondido detrás de los demás y que trataba de las costumbres sexuales de los pueblos balcánicos.
La verdad que yo con eso ya me hubiera convencido, pero el joven Borges no le creyó. Los jóvenes siempre tan escépticos, tan tercos. Entonces el viejo comenzó a relatarle su pasado, o sea, su porvenir. Le habló de la muerte del padre y de la abuela, de los libros, poemas y cuentos que escribiría, de otra guerra que todavía no había ocurrido y de muchas otras cosas que solo sabían quienes ya había recorrido el camino completo.
El joven entonces empezó a convencerse. Aunque, más bien, pensaba que estaba soñando. El viejo intentaba explicarle que un sueño no dura tanto tiempo y ellos ya llevaban un buen rato hablando. Hablaron de frases, de Whitman, de recuerdos compartidos y de pequeños detalles que solo ellos sabían. Pero, el joven seguía dudando. Aceptar que aquel hombre era él mismo implicaba aceptar también todo lo que vendría después y seguro que eso no era nada fácil.
El caso es que, en algún momento del cuento, el Borges viejo comprende que simplemente no podían entenderse. Que, a pesar de ser el mismo, eran distintos. Que aunque compartieran el mismo nombre, los mismos recuerdos y la misma cara, ya no hablaban el mismo idioma. Entendió también que discutir con él o intentar aconsejarlo era inútil. Después de todo, el destino inevitable de uno era convertirse en el otro.
Más adelante Borges escribe que el joven, sin siquiera mirar el reloj, dijo que se le había hecho tarde. El viejo respondió que a él pronto irían a buscarlo. Quedaron de verse al día siguiente, pero ninguno apareció.
Me encanta ese detalle porque, después de encontrarse consigo mismos, de hablar del tiempo, de la memoria y del destino, ambos Borges terminaron haciendo algo profundamente humano. Se mintieron.
Y no se mintieron entre ellos.
Se mintieron a sí mismos.
El cuento hizo preguntarme muchas cosas, aunque terminé pensando menos en Borges y más en mí. Sobre todo porque, días después de leerlo, estaba con mi hija y, entre una cosa y otra, terminé confesándole que yo no tengo una personalidad muy cariñosa. Que por más que lo intento, simplemente no me sale.
Y en ese momento me imaginé llegar a mi Olga de hace treinta y ocho años, con apenas cinco añitos. La vi llegar con un helado en cono, un vestido muy dulce y un moño gigante recogiendo su pelo. Hablaba bonito, como las niñas de cinco años. Me ofreció una chupada del helado, así, sin pensarlo demasiado. Yo le dije que no, que no me gustaban las babas. Se me quedó viendo sin entender nada. Creo que la aburrí, o tal vez la espanté un poco, porque no tardó en despedirse. Eso sí, se despidió de una forma muy cariñosa, con un abrazo muy apretado y tres besos en cada mejilla. Mis ojos se llenaron de lágrimas.
No sé cuánto tiempo pasó, pero de pronto llegó otra yo. Era más grande, más rebelde, nada de vestidos dulces ni helados en cono. Esta versión era más idealista, traía algunos libros bajo el brazo, fumaba y hablaba como si ya hubiera entendido algo importante de la vida. No me ofreció nada, ni helado ni abrazo, pero sí me miró con desconfianza. Se sentó frente a mí con esa arrogancia tristísima de quien todavía cree que endurecerse es una manera de salvarse y me reclamó por qué no era famosa, brillante, exitosa, elegante, o por lo menos alguien mucho más interesante.
Me quedé sin palabras, preguntándome qué había pasado entre la dulzura del vestido y el helado y la determinación defensiva de la que tenía enfrente. ¿Me reconocía en alguna? ¿Se reconocían entre ellas? ¿Se reconocían en mí? Quería sentarlas juntas y contarles todo lo que todavía no sabían, decirles que aún no habían visto nada, que les esperaban miles de cosas. A la chiquita quería pedirle que se dejara moñitos gigantes en la cabeza por más tiempo, que no tuviera prisa, que se agarrara de la dulzura de aquel helado y se la esparciera como crema por todos lados. A la grande quería decirle que no se dejara engañar, que no hacía falta ponerse lejos de todo para que no doliera. Que igual duele, y que con el tiempo uno hasta le agarra cariñito al tema, así como a las cicatrices.
No les dije nada. Pensé en Borges. Pensé que tal vez cada versión de nosotras cree que la otra no entiende nada. Me dediqué más bien a pensar en mi yo del futuro, en cómo voy a ver a mi versión actual diciendo con tanta seguridad “yo no soy cariñosa”, y cómo al hacerlo le estoy pasando la estafeta de la etiqueta a mi hija que ya repite sin dudar que ella tampoco lo es.
Entonces pensé en qué pasaría si en vez de tener memoria de lo que hemos sido, empezáramos cada día de cero. Qué pasaría si no tuviéramos un recuerdo de nuestra personalidad, de nuestros tabúes, de nuestros supuestos deseos y exigencias. Entiendo que sin mis Olgas anteriores no sería la que soy, pero la verdad es que de ellas queda poco. Bueno, tampoco… A todas nos gusta la playa, a todas nos gusta el café, a todas nos gusta la luna y a todas nos gusta sentarnos junto a la ventana en el avión. Al parecer eso es lo que sobrevive. No las grandes definiciones, ni las etiquetas, ni la personalidad definitiva, sino las pequeñas cosas.
Pero ese día, frente a mi hija, autoproclamándome la no cariñosa, entendí que hay muchas cosas que no se dan solas. Se enseñan, se heredan, se repiten… Me pregunté de dónde me había llegado a mí esa etiqueta. No recuerdo si alguien me la dijo o si alguien me la hizo sentir, o si la tomé prestada y luego me la quedé...
A mi hija le aconsejé que intentara ser cariñosa, que todavía estaba chica para sentenciarse.
Pero las tres, mis dos Olgas y mi hija, me miraron con cara de “mejor ya no hables”. Sus miradas me dejaron muy claro que las famosas frases de “yo no soy así”, “a mí no me sale” y “esa no es mi personalidad” suenan idiotas a cualquier edad. Nada de lo que somos está escrito con pluma. Todo está escrito con lápiz y, además, la goma nos la entregan al nacer. El problema es que a menudo elegimos no usarla. Nos da flojera soplarle a la basurita que se queda sobre el papel.
Como Borges y su otro yo, todas dijimos que nos teníamos que ir. Quedamos de vernos al día siguiente, pero las Olgas no volvieron. Solo quedó mi hija. Entonces entendí que yo ya no era ninguna de las anteriores, que soy la que soy y que también tengo algo del viejo Borges, ese que sabe que medio siglo no pasa en vano. Mi hija y yo no hablamos más del tema. Cantamos en el coche y le invité un café. No sé si eso cuenta como ternura. Probablemente no. Pero es lo que hay.
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