Retiro Ficticio
- Olga Micha

- hace 8 horas
- 4 Min. de lectura

Mira la acción que te dije. Leí el mensaje de WhatsApp y me metí a verla, antes costaba 60 y ahora estaba en 110. No habían pasado ni dos semanas y la recomendación de mi amigo ya estaba casi cincuenta por ciento arriba.
Mi amigo, como casi cualquier financiero, es de los que cree que todo tiene una probabilidad, que hay una lógica detrás de cada comportamiento y que las teorías conspirativas a veces pesan más de lo que nos gusta admitir. Le encanta analizar datos, leer gráficas, ver noticias y reírse de los políticos… ah, y entiende de fórmulas y conceptos que yo apenas logro pronunciar.
En cuanto vi el cambio de precio, le escribí de regreso, ¡¿para qué trabaja uno?! ¡Si apostándole a la bolsa se puede ganar en días lo que la gente se tarda años! Sin tanto estrés, sin tener que lidiar con personas, sin juntas ni correos eternos.
Como diría Carin León, ¿qué más puedo pedir?
Le dije que mejor me voy a retirar y me voy a poner a jugar a la bolsa. Que igual y lo mío, lo mío son las apuestas. Aunque en seguida me vi en Las Vegas, perdiendo doscientos dólares y haciendo la cuenta mental de todo lo que me hubiera comprado en vez… y ya no me gustó tanto la idea.
Pero es que qué atractivo suena doblar tus ahorros en 15 días. Así que le insistí en que me diera sus tips. Le pregunté que quién era el más fregón en el asunto y él me respondió sin dudar que Warren Buffett. En ese momento no lo entendí, pero ahora creo que mi amigo me recomendó estudiarlo precisamente porque conoce mi impaciencia. Sabe que soy de las que quieren todo ya, de las que se emocionan con las subidas rápidas (¿quién no?), pero también de las que se desesperan y se aburren con las inevitables bajadas.
Lo primero que encontré sobre Warren Buffett fue su famosa frase que dice que el mercado es un mecanismo para transferir dinero de los impacientes a los pacientes.
Pésima señal para mí.
No había ni empezado a ahondar en el asunto y ya me estaban desanimando de mi nueva (y brevísima) vocación.
Pero aunque la vocación duró un par de días, lo que encontré de este personaje seguro me durará toda la vida, y es que el señor Buffett, así a simple vista, es el tipo más aburrido y rutinario del mundo. Desayuna McMuffin de huevo con tocino o con salchicha (dependiendo de si el mercado está a la baja o al alza), pero sea como sea no gasta más de cuatro dólares por un desayuno. Es más, me enteré también, de que un día, estando en Hong Kong, invitó a su cuate Bill Gates a comer. Y uno pensaría que fueron al Lung King Heen, el mejor restaurante de la ciudad, que llegaron con trajes de Stuart Hughes, que se pusieron la servilleta de tela sobre las piernas y pidieron una botella de Cristal. ¡Pero no!…, Warren invitó a Gates nada más y nada menos que a…
McDonald’s!
Y lo mejor de todo es que pagó con cupones.
Y no, ni siquiera tenía acciones de la franquicia del payasito Ronald, porque a mediados de los noventa vendió las que tenía de su, al parecer, restaurante favorito de la vida.
El señor Buffett, el noveno hombre más rico del mundo, ha vivido en la misma casa desde hace 65 años. Maneja su propio coche, toma mucha Coca Cola, y no entiende casi nada de tecnología. Ha donado millones (en realidad miles de millones) a causas filantrópicas, pero es codo en sus gastos personales. Ha dicho que la mayor parte de su fortuna no la heredará a sus hijos porque hay que dejarles lo suficiente para que puedan hacer cualquier cosa, pero no tanto como para que no hagan nada.
Al parecer la lección más importante de su vida la aprendió a los 11 años, cuando compró sus primeras acciones de Cities Service, una empresa de petróleo o gas o algo así. La acción costaba 38 dólares, bajó a 27, volvió a subir a 40 y en ese momento la vendió. Después la acción subió a 200. Y como buen magnate, seguramente no pensó en los 29 que ganó… sino en los 160 que dejó de ganar.
Ahí, me imagino, entendió el valor de la paciencia, ese que yo también entiendo perfectamente… pero que por alguna razón nunca logro poner en práctica.
El caso es que la estrategia de Buffett es bastante aburrida, estudiar, analizar, leer y, cuando realmente cree en algo, le apuesta con todo y se sienta a esperar. Años! Décadas!
Porque cuando me puse a ver los casos de quienes han perdido todo en la bolsa, (muchos más de los que uno pensaría), entendí que el peligro no es la subida… es lo que eso te hace creer, cómo te cambia la percepción y te hace proyectar futuros que no existen. Pero es que siempre hay un después. Y ese es el verdadero asunto.
Le hablé a mi amigo y le dije que no, que en esta vida seguramente no seré como Warren Buffett, pero que tengo que admitir que el señor merece cada centavo de su fortuna. No por suerte, ni por genio… sino por dominar el verdadero acertijo de la vida, ese que suena a cliché, pero no lo es. Porque, como bien dice mi amigo, lo difícil no es saber llegar… sino mantenerse.
Y como yo con trabajos me mantengo en una dieta tres días seguidos… mejor sigo escribiendo tonterias mientras idealizo ese intento de retiro ficticio.
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