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No vaya a ser


Resulta que me acabo de enterar que en la serie mundial de béisbol del año de 1986 jugaron los Red Sox de Boston contra los New York Mets. El partido fue en el Shea Stadium de Nueva York en una fría noche de octubre. Me imagino que la gente comía palomitas, hot dogs, pretzels y toda esa comida típica gringa de estadio. Ya existía la canción de Sweet Caroline, pero todavía no era parte del ritual y menos en Nueva York. La que creo que sí cantaban era Take Me Out To The Ball Game, aunque seguramente sin kiss cam.


No sé mucho de béisbol, pero sí sé que el juego dura una maldita eternidad. Para quien no sabe de este deporte, el que gane cuatro de siete, gana. En ese entonces la serie la iba ganando Boston con tres juegos, mientras que los Mets solo llevaban dos ganados. O sea, que Boston estaba a punto de saborear el trofeo que no obtenía desde 1918. O sea, los fans llevaban casi 70 años sin ver ganar a su equipo. O sea, ya se imaginarán la euforia de los espectadores cuando el marcador estaba 5–3 a favor de Boston, en la décima entrada, con dos outs…


Y entonces, ya casi saboreando la victoria, con la probabilidad completamente a su favor, con las apuestas prácticamente cerradas y medio estadio celebrando antes de tiempo, le tocó batear a un tal Bill Buckner. No sé, me lo imagino masticando pepitas y escupiendo la cáscara, como suelen hacer los jugadores (qué asco, la verdad). El tal Bill llevaba dos temporadas jugando con Boston, era buen jugador, y dudo que en ese momento se haya acordado de las respuestas que les dio a los entrevistadores semanas antes de aquel juego.


Por ahí dicen que, cuando le preguntaron qué era lo más importante en un juego, respondió algo así como que lo fundamental era no cometer errores mentales. Según cuentan, él mismo decía que lo peor no era fallar con un error enorme, sino cometer uno sencillo, un error tonto, de esos que a simple vista parecen irrelevantes… como que se te vaya la pelota entre las piernas.


Dicen que eso dijo Bill, y aquí viene lo bueno, porque eso es exactamente lo que pasó. Después de más de cuatro horas de juego, con Boston ya prácticamente levantando el trofeo, a Bill se le fue la pelota entre las piernas. Así, tal cual, como él mismo lo dijo, entre las piernas. No de un lado, no del otro. En medio. Como una profecía cumplida. Está de más decir que ese pequeño error terminó costándole a Boston no solo el partido, sino también la serie… dicen que así fue, o al menos, así es como lo cuentan.


Pero esta historia no es de Buckner, ni de béisbol, ni de errores. Esta historia más bien me hizo cuestionarme el valor de nuestras palabras. Y probablemente todo esto sea una simple coincidencia. Igual y le exageraron, igual y Buckner nunca dijo nada parecido. Pero desde que escuché la anécdota, no dejo de pensar en cuántas cosas en mi vida se han vuelto realidad después de decirlas en voz alta. Ahora, cada vez que me escucho decir que siempre me pasa lo mismo, o que nunca gano nada (ni en las tómbolas), o que soy pésima haciendo esto… me detengo. Y me pregunto si realmente estaré influyendo, aunque sea un poco, en mi destino.


No sé, pero si algo sí me creo, es que a menudo la forma en la que nos contamos nuestra historia, con el tiempo, se vuelve más relevante que la historia misma. Si creo, o estoy segura de que cuando chuleamos a alguien la persona sonríe, que cuando insultamos a alguien, la persona se ofende. Que si le decimos a un niño que es listo, se esfuerza, y si le decimos que es tonto, se entorpece. Sí sé que las palabras, de cierta forma, tienen un efecto en el mundo material. Que construyen, moldean, modifican.


Y entonces esta historia me hizo pensar… ¿y si sí? ¿Y si es cierto? Porque si las palabras funcionan así cuando se las decimos a los otros, ¿por qué no funcionarían también cuando hablamos con nosotros mismos y de nosotros mismos?


Un filósofo llamado Ludwig Wittgenstein decía algo así como que los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo. Napoleón Hill tiene un libro entero del tema. Henry Ford decía que tanto si crees que puedes como que no puedes, tienes razón.


En el budismo repiten mantras (palabras una y otra vez) para cambiar la mente. En el judaísmo hay nombres que están prohibidos pronunciar. Hay un proverbio que dice que la lengua tiene poder sobre la vida y la muerte. Y así me podría seguir con miles de ejemplos más. De hecho, el béisbol ¡tampoco se queda atrás!, cuando están jugando un juego perfecto, está prohibido hablar del tema hasta que acabe. Ni una palabra. Don’t jinx it, le llaman. Porque no vaya a ser… que lo vayas a salar.


Y el caso es que son demasiadas coincidencias como para que el río no lleve nada dentro… y no, no creo que las palabras tengan magia, pero de que algo hacen, algo hacen.

Y me pregunto si será que Buckner hubiera bateado un hit si no hubiera mencionado nada acerca de las pelotas entre las piernas (no, no es albur). O sea, el Titanic no se hubiera hundido si no hubieran asegurado lo contrario. O si Kurt Cobain hubiera durado más de 27 años, si no hubiera dicho que creía que moriría joven.


Igual y sí, igual y no.


Pero lo que definitivamente sí, es que las palabras se quedan. Se quedan en nosotros, en los demás, en los libros, en las historias, en las cabezas… en el aire. Y lo que también es cierto, es que si algo se dice en voz alta, se vuelve pensable, y si es pensable se vuelve posible y si es posible… pues ya no sé. Nunca sé.


Pero para qué me miento, tampoco me voy a poner a cuidar cada palabra que salga de mi boca porque qué flojera. Pero no puedo evitar preguntarme qué pensará Buckner al respecto… el pobre. Después de eso quedó marcado para siempre. Le hicieron bullying durante años, lo abucheaban, lo insultaban. Creo que hasta se tuvo que mudar de estado para que lo dejaran en paz. Y es que, cuando hacemos algo malo, todo lo bueno deja de contar.


Buckner murió en 2019. Al final recibió una ovación de pie, porque con el tiempo todo pasa… o al menos se acomoda. Me gusta imaginarlo en el otro mundo, viendo pelotas rodar entre sus piernas y contando cuántas veces se ha vuelto a contar esta historia. No sé si allá existan las palabras, pero si sí, seguro Buckner las cuida con absoluta minuciosidad. No vaya a ser.

 

 
 
 

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