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Punto débil


Me pregunto en qué estaba pensando el Mencho cuando lo encontraron. No porque me interese él como personaje, sino porque me impresiona que, a lo largo de la historia, son demasiados los casos en los que hombres poderosos (para bien o para mal), terminan cayendo por culpa de sus deseos más elementales.


Dicen que Nemesio Oseguera Cervantes ya se había salvado de muchas. Que durante años nadie sabía dónde estaba, que era un fantasma imposible de atrapar… aunque todos sabemos que en este país los fantasmas suelen tener teléfono y contactos en la policía. Pero bueno, para efectos de esta historia, comprémonos esa versión porque la necesito para llegar a donde quiero llegar. El caso es que, para dedicarse a ser jefe de una banda de narcotraficantes, supongo que debe ser indispensable ser un desgraciado, tener muchos huevos y carecer de sentimientos. Eso es lo que uno imagina cuando piensa en alguien así. Pero resulta que no, o a lo mejor sí. Lo que no se puede negar es que no carecía de deseos. Y no, no hablo del deseo de poder o de dinero, que también. Hablo del deseo más básico, más humano y más antiguo… el deseo de estar con una mujer.


Dicen que lo encontraron tras seguir los movimientos de una de sus parejas. Que se habían quedado de ver un sábado cualquiera en una cabaña en medio del bosque (porque el romanticismo es para cualquiera). No sabemos lo que hicieron, pero sí sabemos que ella salió al día siguiente y que él, con tiempo libre y quizá un poco cansado, decidió quedarse un rato más. Y esas decisiones (porque cuando se trata de decisiones todas cuentan), fueron las que lo llevaron a la tumba.


No sé si el Mencho estaba enamorado de esa mujer con la que se vio en el bosque, no sé si ella lo delató, si estaba despechado, impulsado por el deseo o simplemente tenía ganas de dormir acompañado. Pero toda esta historia me hizo pensar que a menudo se subestima el poder de la mujer en la historia del mundo. No suelen ser las protagonistas de guerras ni ocupar la mayoría de los tronos, casi no firman tratados ni ordenan bombardeos. Y, sin embargo, aparecen una y otra vez justo donde el cálculo masculino se rompe. Antes de que el poder baje la guardia.


Y no lo digo como crítica, todo lo contrario. Me fascina darme cuenta de lo profundamente humanos que somos, de cómo un vínculo afectivo a veces puede resultar más poderoso que el dinero, que la ambición, que el miedo, que los intereses.


Desde Sansón y Dalila hasta Mónica Lewinsky hay demasiados ejemplos como para que esto sea casualidad. Enrique VIII se obsesionó con Ana Bolena y, como ya estaba casado, decidió romper con Roma. Así, nada más. Cambió su destino y el de toda una nación por una mujer. María Antonieta y Luis XVI quedaron atrapados en una mezcla de amor, toxicidad y exceso que terminó en la guillotina. Eduardo VIII se enamoró de Wallis Simpson, divorciada dos veces, y cuando el gobierno y la Iglesia dijeron que no, él dijo que entonces mejor renunciaba. Y renunció. Y hasta el rey David (el de los salmos), vio a Betsabé, la deseó, la embarazó y mandó matar al esposo.


Ay. El amor y el deseo… sí. Me parece curioso.


Hombres acostumbrados a controlar ejércitos, a gobernar imperios, a sentirse casi invencibles, pierden precisión cuando entra en juego el deseo y, sobre todo, el amor. ¿No es hermoso? Lo único que realmente los hace bajar la guardia no es el enemigo, no es la estrategia, no es el dinero… es el amor. Y no hablo sólo del amor romántico. Dicen que Pablo Escobar, por ejemplo, fue ubicado tras rastrear llamadas que hizo para escuchar la voz de su hijo. El hombre que puso en jaque a un país entero, que desafió al estado durante años, necesitó al final algo tan básico, tan ridículamente humano, como oír la voz de alguien que amaba.

El caso es que por amor unos pierden imperios, otros pierden su libertad, otros pierden la vida, pero todos, absolutamente todos, terminan perdiendo la fantasía de ser invencibles. Incluso el hombre más poderoso necesita a alguien… hasta el más temido quiere ser querido, hasta el más frío tiene carne y huesos y venas y sangre, y necesita amor. El amor desarma, desnuda, expone, debilita, rompe. Y ya voy a parar con mis cursilerías, porque sí, ya sabemos que lo que en serio controla el mundo es más bien el miedo, la ambición, el poder y el dinero.


Pero aun así, por alguna razón (y para nuestra buena suerte), también nos mueve el amor.

 
 
 

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