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Tachar la luna

hace 3 horas
5 min de lectura

Hay una frase muy buena que dice “Shoot for the moon. Even if you miss, you’ll land among the stars”, y me he visto millones de veces tomando mi arco y flecha ficticios, están bañados en oro, porque ¿por qué no?, si son parte de la fantasía y la fantasía la elijo yo. Y me paro sobre una roca en medio del bosque, una grandota de esas que parecen que llevan una eternidad esperando a Sísifo. Y desde ahí estiro la liga y con todas mis fuerzas disparo la flecha…

 

La luna está llena, blanca, enorme. Desde adentro, el conejo me mira con miedo. El pobre vive acostumbrado a que atenten contra su existencia cada vez que alguien decide apuntar demasiado alto. Así como nosotros vivimos con la fantasía de darle a la luna, él vive allá arriba con la pesadilla de que algún día alguien, por fin, anote.

 

La flecha no llega. La luna está demasiado lejos, incluso para los mundos fantásticos. Entonces sigo con la mirada el recorrido de mi flecha perdida. La frase promete que, si falla, terminará entre alguna de las millones de estrellas. Ese es el gran premio de consolación para quien es lo suficientemente ambicioso como para apuntarle a la luna. Eso dicen… Pero, después de que el conejo suspira aliviado una vez más, descubro que mi brillante flecha no aterrizó entre las estrellas. Cayó, nada más y nada menos, entre las ramas del árbol que tengo enfrente.

 

El verdadero descubrimiento es mucho menos romántico, y es que apuntando a la luna uno siempre vuelve a la tierra. Pero shhh, mejor mantenerlo en secreto. Porque ¿qué sería de un niño si no quisiera ser grande?, ¿qué sería de la adolescente si no imaginara la vida que tendrá a los treinta?, ¿del enamorado si no pudiera completar con fantasía todo aquello que todavía no conoce del otro?, ¿de nosotros si alguien nos dijera, de pronto, que quizá no hay nada allá arriba que sea necesariamente mejor que esto?

 

Nos enseñaron muy pronto que lo deseable suele estar en otra parte, en el futuro, en otro cuerpo, en otra casa, en otra ciudad, en otra persona. En esa versión de nosotros mismos que todavía no existe. Siempre parece haber algo un poco más allá que promete ser mejor que lo que está aquí. Estoy pensando en eso mientras limpio mi arco, cuando un ruido a mis espaldas interrumpe la reflexión…

 

Volteo asustada. ¿Es en serio? Es el conejo, que al parecer encontró la forma de bajarse de la luna. Está mirando mi flecha, la que quedó atorada entre las ramas del árbol, y yo me quedo muda, no quiero arruinar la fantasía dentro de la fantasía. El que habla es él. Qué desperdicio, me dice. ¿Qué cosa?, pregunto. ¿La flecha? No, el árbol, responde. ¿Qué tiene el árbol?, ¿nunca has visto uno? Claro que sí, me contesta, los veo todos los días, solo que desde muy lejos. En la luna hay mitos sobre ellos. Dicen que si alguien llegara a tocar uno se volvería inmortal, invencible, infinito. Y tú, mientras tanto, andas lastimándolo con tus ganas de anotar en la luna.

 

Miro el árbol, con sus ramas torcidas, algunas hojas nuevas, el tronco poroso y mi flecha dorada atravesada entre dos ramas de una manera bastante ridícula. Podría parecer un poco mágico, ¿por qué no?, pero capaz de volver inmortal a ese conejo lo veo bastante poco probable. Conejo, lamento informarte que esos son cuentos de conejos, le digo. El conejo se ríe. Me río con él.

 

A él le parece ridículo que yo haya pasado tanto tiempo intentando llegar a la luna cuando tengo frente a mí un árbol que, según sus historias, podría volverme inmortal. A mí me parece igual de ridículo que haya viajado hasta la Tierra convencido de que tocar un tronco podría convertirlo en Superman. Los dos estamos seguros de que nuestra propia fantasía tiene bastante sentido y de que la del otro es ingenua.

 

Ahí me di cuenta de que la luna no es más extraordinaria que el árbol, ni el árbol más mágico que la luna. Al parecer, lo que vuelve irresistible a una fantasía es, simplemente, la distancia. Y mientras más lejos, mejor…

 

La luna desde la Tierra, la Tierra desde la luna, la vida adulta desde la infancia, la juventud desde la vejez, una relación desde la soledad, la soledad desde una relación equivocada. La ciudad a la que todavía no nos mudamos, la casa que todavía no compramos, la persona que todavía no conocemos, y así… Siempre parece haber algún lugar desde el cual nuestra vida actual se ve equivocada y otra vida, apenas un poco más allá, parece contener exactamente aquello que nos falta.

 

Pero es que no vemos que la fantasía siempre está incompleta. En la luna que yo quiero no hay polvo, no hace frío, es esponjosa y se puede comer. El árbol del conejo, lo mismo… La realidad es que las fantasías le llevan a la realidad una vida de ventaja porque carecen de ella. No existen. Y en el instante en que existen, mueren. Una fantasía no llega tarde, no se enferma, no cambia de opinión, no envejece. A una casa soñada no se le rompe la tubería y en el trabajo perfecto no existen los lunes por la mañana. El conejo lo sabe y yo también. Y me pregunto si no será por eso que ambos buscamos nuestros sueños en la distancia… así no les damos oportunidad de decepcionarnos.

 

La realidad, en cambio, tiene la mala educación de llegar con características que no habíamos pedido. Las personas tienen pasado, manías y malos humores. Los lugares tienen tráfico. Los cuerpos tienen defectos, los amores, miles de complejidades. Y, en resumen, nada llega como lo imaginamos, porque nada real tiene la obligación de parecerse a las veinte mil versiones que nos inventamos.

 

El conejo y yo nos sentamos sobre la roca, la misma que todavía espera pacientemente la llegada de Sísifo. Nos quedamos un rato en silencio, mirando la luna, el árbol y mi flecha atorada entre las ramas. Concluimos que no se trata de dejar de apuntar, sino de cambiar de blanco. Que igual y es a esa realidad, a la imperfecta e impredecible, a la que hay que aventarle flechas.

 

Busco una piedra más chiquita, la tomo entre los dedos y empiezo a raspar la superficie de la roca.

 

Escribo la frase con la que empezó todo… Shoot for the moon. Even if you miss, you’ll land among the stars. La miro un momento y después tacho la luna, las estrellas y todo lo que queda demasiado lejos.


 

El conejo observa. No dice nada. Esta vez estamos de acuerdo.

Debajo escribo,

 

Shoot for reality.

 

 

 

 

 

 
 
 

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