Los Velos de Maya
- Olga Micha

- hace 12 horas
- 5 min de lectura

No sé si la palabra velo (objeto) tiene algo que ver con el verbo velar (cuidar), pero la verdad no lo creo, ya que uno tapa la mirada y el otro, de cierta forma, intenta hacer justo lo contrario. Esta pregunta bastante irrelevante se me ocurrió después de escuchar por primera vez en una clase la expresión “los velos de Maya”.
No sé si fue la palabra velos o el nombre Maya lo que se me quedó grabado, pero durante días imaginé a la tal Maya volando entre telas blancas, feliz y eufórica, mirando entre sus velos sin poder ver la realidad. Después, cuando decidí que podía ser un tema interesante para escribir, se me cayeron todos los velos de encima porque me enteré de que la tal Maya (no mi personaje, sino la de la frase) ¡no es ninguna mujer!, sino un concepto de la filosofía hindú que describe “aquello que no es”, la ilusión, la apariencia y aquello que confundimos con la realidad…
Pero como yo me niego a destruir la imagen de mi Maya volando feliz entre velos blancos, la voy a dejar como personaje principal a ver si descubro qué es lo que me quiere decir…
Cuando escucho la palabra velo, inevitablemente me remonto a aquella historia de la tradición judía en la que Jacob se enamora de Raquel, la hija menor de Labán. Jacob le echó tantas ganas al asunto que aceptó trabajar siete años para ganarse el derecho de casarse con ella. El problema era que Raquel tenía una hermana más grande, Lea, y en aquella época no estaba bien visto casar primero a la chiquita. Labán la hizo de tos durante años y, cuando por fin llegó el día de la boda, pareció haber cedido. Pero ¡oh, sorpresa! Después de la ceremonia —y yo supongo que gracias a un velo blanco y bastante eficaz (como los de mi Maya)—, Jacob descubrió que la mujer con la que se había casado no era Raquel, sino Lea.
A mí me parece una historia digna de ser televisada, por supuesto, con el eslogan de “basada en hechos reales” para garantizar un poco más de audiencia y con una de esas cancioncitas dramáticas de fondo, como las que usaba Televisa en sus telenovelas.
Pero bueno, el día que escuché por primera vez la expresión “los velos de Maya”, la maestra no estaba hablando ni de bodas ni de telas, sino de lo difícil que es ver las cosas como son y no como nos gustaría que fueran. Porque sí, para movernos por el mundo, tomar decisiones y hacernos una idea de la realidad, confiamos en nuestros sentidos, pero en cuanto todo eso pasa por la cabeza, empiezan los problemas. La mente acomoda, interpreta, recuerda, anticipa, y sin pedir permiso, termina metiéndole mano a los hechos. Eso, según la filosofía hindú, es un poco lo que hace Maya, no inventa otra realidad, pero sí la cubre de nombres, recuerdos, deseos, miedos y expectativas hasta que llega un punto en que ya no sabemos bien qué pertenece a los hechos y qué a nuestra manera de interpretarlos.
Me transporté entonces a las idas y venidas de una vacación. En el vuelo de ida, si dura cinco horas, uno jura que fueron tres… en cambio, de regreso, incluso si dura cuatro y media (suponiendo que el viento está a favor), uno las siente como si fueran siete. El caso es que las cinco horas son relativas. Algo parecido pasa cuando nos enamoramos, supongo que en esos casos Maya se muere de risa. Porque en esos momentos las manías del otro son súper atractivas, la risa encantadora, el desorden tierno y hasta a su forma de masticar le encontramos cierta personalidad. Pero después, en otro momento de la historia, el sonido de una papa triturándose entre esas mismas muelas puede hacernos cuestionar seriamente cómo fue que llegamos hasta ahí. Ahí tenemos de nuevo a Jacob, tan convencido de que debajo de aquel velo estaba Raquel, que tuvo que llegar la mañana para descubrir que llevaba toda la noche casado con alguien más.
La papa no cambió. Las muelas tampoco. Raquel tampoco. Lea, mucho menos. Fue la dichosa Maya aventando velos para su diversión. La puedo ver, perfumándose entre sus telas, instalada en una nube blanca y esponjosa. Muerta de risa, lanzándonos sus filtros al por mayor.
El caso es que lo intenté. Ese día, después de la clase, jugué a no atrapar ningún velo de Maya. A no dejar que mi cabeza se clavara con cualquier cosa que veía o escuchaba. Les di la orden a mis ojos de mirar solamente así y a mis oídos de escuchar solamente así. Casi como si pudiera ponerles una valla eléctrica a las imágenes y a las sensaciones antes de que entraran a mi cerebro. Pero ¡qué difícil y qué aburrida se volvió la actividad! Un coche rojo era simplemente un coche rojo, ni bonito, ni elegante, ni exagerado, solo rojo. Un cielo nublado era solo un cielo nublado, no era pronóstico de lluvia, ni de tráfico, ni de inundación. Una canción triste era una canción triste, sin asumir que el universo había decidido ponerle música de fondo a mis desgracias. Y así, una cosa tras otra…
Después de un rato, todo terminó siendo demasiado común, quizá demasiado común. Arrancar todos los velos de golpe es como quedarse frente a un vacío que no sabríamos habitar. Al parecer, Maya no es solo engaño, sino algo más, como un escenario, una pantalla donde se va desplegando la vida.
Entonces volteé hacia arriba y le pedí a Maya que me lanzara uno o dos velos, o de plano que me invitara a una pijamada entre la niebla. Porque resulta que esa frase ya tan trillada de Anaïs Nin, esa que dice que no vemos las cosas como son sino como somos, es demasiado cierta. El mundo, visto sin interpretarlo, simplemente es. Los velos, en cambio, le ponen profundidad al asunto: nos regalan la oportunidad de inventar, de soñar, de enamorarnos, de sentir; nos dan recuerdos, expectativas, belleza y hasta un poco de drama a una realidad que, sin nosotros, sería únicamente eso… realidad.
No creo que la maestra nos estuviera proponiendo mirar el mundo sin velos (además de ser imposible, sería aburridísimo). Más bien creo que nos invitaba a cacharlos de vez en cuando. A mirar la realidad con unos ojitos un poco más despiertos, menos ingenuos y, sobre todo, conscientes de que lo que vemos casi nunca es solamente lo que está ahí. Porque cada vez que interpretamos o juzgamos algo, se cuela un poco de nosotros. Al final, el mundo está ahí… desnudo, crudo, sincero. El problema (o no) es que nunca llegamos a él sin pasar por nosotros.
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