top of page
Buscar

Grado 99

hace 5 minutos
4 min de lectura


Dos huevos, una taza de harina, cuatro cucharadas de mantequilla, media barra de chocolate. Ofelia intenta hacer las cosas con una concentración monumental. Mide, cuenta, intenta no distraerse. El problema es que le vienen esos flashbacks que le impiden mantenerse en el presente. La jeringa, la sustancia, la oscuridad, la disociación.


Ofelia sabe que el agua hierve entre los 87 y los 100 grados centígrados, dependiendo de la altura. Sabe que el azúcar se carameliza entre los 160 y los 180 grados y que la sal ayuda a derretir el hielo. Ofelia sabe muchas cosas. Lo que no sabe es cómo impedir que la imagen de aquella maldita aguja hundiéndose en ese delgado brazo le quite la fuerza necesaria para mezclar los ingredientes. El sonido de la batidora le molesta, se concentra en la presión que tiene que ejercer para que la receta quede perfecta, se pregunta cuánta fuerza hace falta para mezclar una masa y cuánta para salvar a alguien, si podrían medirse siquiera con la misma unidad.


Hace seis meses decidió entrar a esa competencia. El proceso de selección había sido interminable. Primero eligieron a veinte de cien, después a diez de esos veinte, y ahora estaba ahí, en la última fase, vuelta loca, con el mandil que le había entregado aquel brazo donde después se hundiría la aguja, sudando de los nervios, de la tristeza… Porque cuando estás cumpliendo un sueño nadie te dice que quizá tengas que hacerlo después de ver destruido otro. Aquel había sido el sueño de ambas, y ahora le tocaba cumplirlo sola.

 

La receta era su favorita y por eso Ofelia no quiere cambiar nada. Sabe que, mientras la mezcla siga fuera del horno, todavía pertenece a una historia en la que es posible intervenir, agregar cardamomo, agua de rosas, un poco de clavo, más levadura, menos harina. Mientras siga en el recipiente, siempre existe la posibilidad de corregir algo. Pero esta vez no le interesa ponerle nada que no estuviera en la receta original. Siente que se lo debe a ella, a la que sabía exactamente cuánto chocolate agregar sin medirlo y se burlaba de Ofelia porque Ofelia medía todo.

 

La otra historia comienza en el momento en que mete la mezcla al horno. A Ofelia eso le produce vértigo. Adentro, las cosas empiezan a suceder sin ella, puede mirar a través del vidrio, contar los minutos, subir la temperatura, pero llega un punto en el que cualquier intervención resulta inútil. El huevo deja de ser huevo, la mantequilla desaparece, el azúcar cambia, la harina se infla. Cada ingrediente pierde algo de lo que era para convertirse en otra cosa.

 

Para Ofelia, mirar un pastel dentro del horno siempre ha sido eso: observar cómo las consecuencias de una decisión se vuelven irreversibles en tiempo real.

 

Pero ahora tiene aquel comparativo, y es que no es lo mismo mirar una aguja hundirse en un brazo que ver cómo la harina se infla dentro del horno. Tampoco es lo mismo observar una masa cambiar de forma que ver palpitar una vena bajo la piel. Sin embargo, hay algo que Ofelia admite, con desespero y sin una pizca de resignación. En ambos procesos existe un instante que necesita entender. El momento exacto en que deja de ser posible volver atrás.

 

Ofelia ha visto miles de cosas cambiar frente a sus ojos, el pollo que se descongela, la leche que se corta, una clara que se vuelve merengue. Reconoce con facilidad lo que algo era y aquello en lo que termina convirtiéndose. Lo que nunca consigue ver es el instante que separa una cosa de la otra. Con su amiga tampoco lo vio…

Esa omisión la tiene mal.

 

El pastel se infla bajo la luz del horno. El foco que iluminaba la jeringa también era blanco, más blanco incluso que la parte blanca del ojo de su amiga antes de cerrarlo para siempre. Por un segundo deja de escuchar lo que sucede a su alrededor. No oye a los otros concursantes ni el golpe de las charolas Solo ve la vena, la piel, el punto exacto en el que la aguja entró. Tiene que apoyar ambas manos sobre la mesa para volver. Mira el horno. El pastel sigue creciendo sin hacer ruido, como si nada importante estuviera ocurriendo detrás del vidrio.

 

¿Pero cuál había sido en realidad el maldito punto de no retorno? ¿La aguja entrando en el brazo? ¿Cuando compró la sustancia? ¿Cuando decidió que iba a hacerlo? ¿Cuando dijo que estaba bien y nadie insistió más? ¿Cuando empezó a estar mal y no pidió ayuda? ¿Tres meses antes? ¿Un año? Ofelia necesita creer que hubo un instante preciso, uno solo, un segundo que pudiera señalar con el dedo y decir, fue aquí. Porque si existió ese segundo, entonces también tuvo que existir el segundo anterior y, en el segundo anterior, todavía habría habido algo que hacer. 

 

El pastel saldrá del horno en diez minutos. La masa estará lista y después solo tendrá que esperar a que se enfríe. Se pregunta qué tan complicada puede ser la vida cuando en la cocina casi todo tiene una medida y una temperatura y un tiempo. Si algo sale mal fue porque usó demasiada harina, mucho calor, cinco minutos de más. Normal, lógico. A ella no le molesta equivocarse, lo que no soporta es no saber dónde.

 

El reloj del horno marca cuatro minutos.

 

Sabe que no hay regreso, que el pastel ya casi es pastel y que esos huevos jamás podrán volver a ser huevos. Y sabe que, por más que lo intente, no habrá absolutamente nada en el grado 99 que anuncie la enormidad del grado siguiente.

 

Saca el pastel.

 

Piensa en su amiga.

 

Entiende que nunca se sabe, que el instante del cambio no avisa, que el único remedio es mantenerse despierta. Alerta. Mirar cada señal, cada pequeña variación…

 

Decide que la próxima vez que vea a alguien empezar a dejar de ser quien era, no esperará a que el cambio se complete detrás del vidrio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 

Comentarios


bottom of page