Materia en proceso
- Olga Micha

- 2 ene
- 4 Min. de lectura

Irina llevaba años guardando juguetes de madera dentro de la vitrina de su comedor. Los miraba con frecuencia, pero casi nunca la abría. Creo que así tratamos todos a nuestros objetos preciados, los guardamos muy bien, pero los usamos poco. Ella prefería que fueran de madera porque alguna vez escuchó a alguien decir que Arthur Rimbaud se preguntaba qué pasaría si un trozo de madera descubriera que es un violín. Irina pensaba que finalmente todo era tan solo eso… materia en potencia, esperando, o huyendo, de descubrir lo que puede llegar a ser.
En la vitrina guardaba caballitos, platos, cisnes, máscaras, veleros y trompos, aunque lo que realmente atesoraba eran sus matrioskas. Había comprado una en cada pueblo ruso que había pisado. Estaban por todas partes, pero ella solo elegía las pintadas a mano y siempre femeninas. Con el tiempo empezaron a aparecer matrioskas de todo tipo, animales, ángeles, hombres, incluso paisajes, pero a Irina solo le interesaba la original, esa formada por ocho muñecas encajadas una dentro de otra, cuya figura exterior era una mujer campesina. Al abrirla aparecían las siguientes, podían ser niños o niñas cada vez más pequeños, hasta llegar al bebé, apenas un pedazo de madera con forma humana, sin facciones, intacto, ileso, el único que no se partía en dos como todas las demás.
Irina entendía que la simbología de aquellas muñecas no era compleja, hablaban de la madre, del linaje, de la fertilidad, del cuerpo que sostiene a otros cuerpos. Algo, en apariencia, simple. Pero lo simple nunca era tan simple para ella. No olvidaba la primera vez que se encontró con una de esas muñecas, en una tienda pequeña y oscura, perdida en una callejuela, donde los estantes olían a polillas y a encierro. Al observar aquella muñeca entre empolvada pero colorida sintió, al mismo tiempo, encantamiento y repulsión. Y es que quién puede negar que lo que atrae y repele al mismo tiempo no nos deja jamás en paz, creo que esa incómoda mezcla es propia de las cosas destinadas a quedarse.
Le resultaba bizarro que una muñeca pudiera partirse en dos, como un cascarón de huevo, y que en lugar de una yema apareciera un ser diminuto e idéntico a la muñeca abierta. Y como si eso no bastara, que de ese cuerpo surgiera otro más pequeño, y luego otro, y otro, hasta llegar a un mini-yo hermoso. Hermoso no solo por su tamaño, sino porque ese ya no se rompía, porque no guardaba nada dentro, porque no tenía nada que ocultar. Además, después de tanto abrir y separar, lo mejor era que todo permanecía intacto, ninguna muñeca quedaba destruida, se volvían a armar y listo, como si al romperse no hubieran sentido dolor.
De niña, ella pasaba las tardes intercambiando mitades, la parte de abajo de una matrioska triste con la cara de una feliz. Ahí las emociones sí podían intercambiarse. Le fascinaba que siempre hubiera otra combinación posible. Además, a diferencia de otros juguetes, que cada vez que los desarmaba terminaban rotos o descompuestos, sus matrioskas parecían hechas para partirse. Era justo al fracturarlas donde se revelaba su magia.
Irina fue creciendo y la idea de que la matrioska más grande representara a la abuela, que a ella le tocara ser la niña de en medio y que la figura más pequeña fuera su hermano dejó de interesarle. Esa interpretación le parecía insuficiente, casi sin chiste frente a la complejidad de la muñeca. Con el tiempo, la matrioska empezó a hablarle de otra cosa, de las múltiples caras de un mismo ser, de todo lo infinito que cabe en lo finito. De fuerzas contrarias conviviendo en un mismo cuerpo. De luces y sombras siempre juntas, dándose espacio, pero sin ceder nunca del todo su lugar.
La mujer ya no se tragaba el cuento de que lo único que la matrioska tenía que decir estuviera relacionado con la trascendencia procreativa. Le parecía una idea demasiado simple para un objeto que contenía tantas capas, capas con las que podía identificarse.
De adolescente, cuando estaba harta de todo y de todos, Irina sentía que era como la muñeca de hasta afuera, esa que todos podían ver, la cara sonriente, la ropa correcta, el gesto en su lugar. Por dentro, en cambio, se apilaban capas contradictorias y silenciosas que prefería no nombrar. Le gustaba pensar que nadie las notaba, que mientras la muñeca exterior permaneciera intacta, lo demás podía quedarse escondido, ordenado y a salvo. Como sus matrioskas.
En su adultez, Irina se propuso abrirse como esa muñeca y recorrer todo lo que había dentro de ella. No solo lo amable ni lo reconocible, también lo incómodo, lo contradictorio, lo que prefería no mostrar. Fue sacando esas partes una por una, sin prisa. Encontró, por primera vez, la posibilidad de vivirse en todas sus caras, sin limitarse a elegir solo las que resultaban cómodas.
Años después, Irina hizo lo que llevaba tiempo postergando. Abrió todas las muñecas, una por una, separando las mitades con cuidado y dejándolas sobre la mesa. Durante años había creído que la clave estaba en desarmarse, en mostrarse, en recorrer cada una de las versiones que la habitaban, y no se equivocaba, ese camino le había servido. Pero al verlas todas abiertas frente a ella, entendió
que no había nada nuevo que encontrar.
Ninguna revelación.
Fue entonces cuando miró a los bebés, los únicos que seguían completos, intactos, sin capas que quitar ni máscaras que sostener. Comprendió que todo ese proceso la había llevado ahí, a reconocer que quizá había pasado la vida entera intentando abrirlo todo y que tal vez dejar estar era lo único que nunca había sabido hacer, que probablemente esos bebés que tanto protegían las matrioskas eran los únicos que se contentaban con solo ser.
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