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De una vez

 


Ayer fui a visitar a mi abuelo que se está recuperando de una operación en el hospital. Los hospitales, aunque a veces quieran disfrazarse de hotel, siempre me resultan un poco tétricos. Pueden colgar cuadros lindos, de hecho, en el pasillo hay uno de par árboles rosados que está bastante bien, pero la realidad es que cuando estás ahí adentro todo se ve distinto. Nadie piensa en admirar una pintura ni en detenerse a ver si el sillón combina con las cortinas. Los hospitales son para lo que son y esa mezcla de luz blanca, ese silencio extraño y toda la gente que espera siempre nos lo recuerdan.

 

Su cuarto tiene una vista bonita. Yo no lo había notado hasta unos minutos después de saludarlo. Primero fui yo quien lanzó las preguntas: ¿cómo te sientes, abuelito?, ¿ya comiste?, ¿te dejaron dormir? Él me respondió que todo estaba de maravilla. Seguramente no, pero así es él. 

Después de eso se acomodó como pudo y seguimos platicando un rato, con esa calma suya que hace que todo parezca sencillo, incluso ahí adentro. Los abuelos atentos y pendientes incluso cuando su propio mundo se tambalea…

 

Fue después de eso cuando me señaló la ventana. Mira, hasta allá se ve el Palacio de Hierro y la rueda de la fortuna. Volteé y me di cuenta de que sí, la vista desde su cuarto estaba mucho mejor de lo que imaginaba. Después de algunos días ahí adentro, supongo que mi abuelo ya había estudiado cada cuadra, cada árbol y hasta cada prenda de ropa colgada en las azoteas de las casas de enfrente.

 

Mi abuelo es lo máximo, lo digo de verdad. Creo que a menudo sesgamos nuestras opiniones y nuestros recuerdos cuando hablamos de alguien que queremos. Pero en lo que se refiere a mi abuelo no tengo absolutamente ninguna necesidad de sesgar nada porque mi abuelo, así como es, es un persononón. Un gentleman (como diría mi abuela). 

 

Es de esos hombres nacidos en el 33 que, desde que tengo uso de razón, encarnan la definición de un caballero. Habla siempre en un tono bajo, en toda mi vida no le he escuchado un grito, un insulto ni una mala palabra, si, a veces se enoja, pero sus maneras de explotar son mucho más tranquilas que las del noventa y nueve por ciento de la población. Mi abuelo más bien usa palabras como “maravilloso y estupendo”. 

 

Mi abuelo se viste impecable y desde las siete de la mañana ya está bañado, con su saco, sus mocasines y, si hace frío, con su boina. La verdad es que mi abuela le ayuda, yo digo que ella le saca la ropa. Pero el caso es que todas las señoritas de todos los bancos ubican y conocen a mi abuelo por su nombre. Los doctores, los agentes de viajes, los porteros, bueno, creo que hasta los de telemarketing, que nos odian a todos, a mi abuelo lo adoran. Real. La gente lo quiere. Hay algo en la amabilidad, en la bondad y en la serenidad de ciertas personas que las vuelve inolvidables. Por eso, a donde entra y a donde va, siempre hay alguien que se acerca a saludarlo con un cariño genuino.

 

Le encantan los libros, y creo que a mí me gusta leer gracias a él. Cuando era chava me recomendó Kane y Abel, de Jeffrey Archer, y después de eso ya no pude parar. Cada vez que terminaba un libro iba directo a su biblioteca. La recuerdo perfecto, la alfombra de rombitos, la chimenea que nunca vi prendida pero que tenía a un lado todos sus aditamentos, una escobita, una pala, y no sé qué más. Pero entonces él empezaba a sacar uno y otro y otro libro, me daba un pequeño resumen y decía “este es buenísimo”, pero luego tomaba el siguiente y ese también era buenísimo, y así, de uno en uno, fui leyendo todas sus

recomendaciones. Memorias de una geishaLa gesta del marranoEl perfumeLa isla de las tres sirenas. Ufff, mi abuelo me ha puesto en las manos algunos de los mejores libros del mundo.

 

El caso es que ayer, en el hospital, mi abuelo estaba sentado en el reposet, recién operado, seguramente aburrido y adolorido, y aun así no se quejó ni una sola vez. Me sacaba tema como podía, todavía medio afónico por la anestesia, pero igual quería platicar. Que le cuente qué escribí la semana pasada, que se lo lea, que cómo están mis hijos, que por favor le revise el precio de un par de botellas de vino que tiene en su casa. A mi abuelo le encanta el vino, antes del vino le gustaba fumar puro. Cuando yo era chica fumaba puro en su coche color vino, me llevaba a comer al Danubio, me acompañaba a presentar mis exámenes hasta Gustavo Baz, y hasta un día me llevó con un brujo para que me leyera las cartas. Ahí me dijeron que yo soy un alma muy vieja, pero que es la primera vez que vengo a la Tierra. Entonces entendí por qué no entiendo ni madre de lo que pasa en este planeta.


Pero ¿a qué va todo esto? Estando en el hospital, mientras yo revisaba los precios del champagne Cristal y del vino Matarromera, quedamos en que, en cuanto él salga de ahí, nos vamos a tomar esas botellas que tiene en su casa. Entre una cosa y otra, se quedó callado un momento, miró hacia la ventana y luego hacia mí, y ahí fue cuando dijo que tenía una idea para mi siguiente artículo. Que escriba sobre cómo ni las botellas, ni la ropa, ni la vida se dejan para después. Yo lo primero que pensé fue que qué maravilla que mi abuelo me regalara una idea así, porque a veces me cuesta encontrar temas para escribir. Después me entró la angustia del cliché, de cómo iba a escribir acerca de eso sin sonar a “únete a los optimistas”. Pero aun con esa duda, supe que, de una forma u otra, tenía que seguir el consejo de mi abuelo. Saliera como saliera, porque hay ideas que importan más por quién las dijo que por cómo se cuentan.


Y aquí estoy. No para repetirles algún slogan motivacional, sino para traerles el recado de un hombre que sí entiende lo que significa el tiempo, no por nada más que porque lo ha vivido en carne propia. Mi abuelo ha visto guerras, devaluaciones, temblores, polio, tuberculosis, pandemias, dictaduras, crisis, huracanes. Creció con la radio encendida, luego vio aparecer una televisión y no me puedo imaginar la impresión de aquel momento… Años después escuchaba el ring del bloque enorme que pesaba un kilo y que le dieron el nombre de celular. 


De niño jugaba en una calle sin coches, más tarde vio el primer jet comercial aterrizar en México, en esa época en la que un refresco valía como 1,500 pesos, pero unos cuantos pesos alcanzaban para todo. Mi abuelo ha visto nacer el microondas, el refrigerador, ha visto llegar al mundo tarjetas de crédito, cajeros automáticos, carreteras. Ha visto a miles de personajes entrar y salir de los billetes. Ha estudiado millones de ideologías, ha visto cambios en las modas, en la música, en los ritmos de vida. Edificios construirse y derrumbarse, cohetes ir y venir de la luna. 


Ha escuchado juramentos y certezas, y ha visto cómo casi todas terminan desmoronándose. A veces por el tiempo, a veces por la gente, a veces porque sí. Pero después de todo eso, mi abuelo tiene un tip que no falla, y ese es el que les quiero pasar. La experiencia de mi abuelo les pide, que por favor, no se les vaya a ocurrir guardar la mejor botella de vino para mañana. Que de favor no guarden el vestido, que no guarden el festejo, tampoco el collar, ni el te quiero, ni el perdón ni el abrazo. Básicamente el consejo de un sabio que ha visto casi todo, es tan simple y tan profundo como que no guarden nada para mañana.

Porque el mañana no falla… pero lo que sí falla, es llegar a él igual que hoy.

 

 
 
 

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1 comentario


tessysalame
05 dic 2025

Realmente me encantó! Y si, un gentlemen es como describiría a tu abuelo, con su boina y siempre una sonrisa! No guardemos nada para después 🤍

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