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La Espera


La primera definición de la RAE acerca de la palabra espera (del latín sperare) es tener esperanza de conseguir lo que se desea. La segunda es creer que ha de suceder algo, especialmente si es favorable. Y la tercera, que en mi opinión debería ser la primera, es permanecer en un sitio adonde se cree que ha de ir alguien o donde se presume que ha de ocurrir algo. Podemos esperar en la fila del súper, en el consultorio del doctor, a que acabe el mes o a que empiece el año. La espera está presente tanto en lo cotidiano como en lo excepcional. Es un concepto universal y profundamente humano.


Todos nacemos a partir de una espera. Todos creamos a partir de una espera. Crecemos, aprendemos, entendemos solo después de la espera. Y cada vez creo más que la espera es el verbo más usado de nuestra existencia, no en palabras, sino en acción. No de manera consciente ni elegida, pero constante. Vivimos esperando sin darnos cuenta.


La vida es espera y hay que hacer las paces con ese concepto. Y es curioso porque, a pesar de la inmediatez del mundo actual, donde no tenemos que esperar meses para recibir una carta, ni días para cazar un mamut y comer carne asada, ni caminar distancias larguísimas durante años para migrar a otro país, la espera sigue existiendo. Lo que parece haber cambiado no es la espera en sí, sino nuestra capacidad para soportarla.

Cada vez sabemos menos cómo esperar.


Puede que hoy la espera no sea tan física, que no tengamos que aguantar diez minutos de agradecimientos previos antes de que empiece una película, antes podían tardar horas, pero la verdad es que, por mucho que sepamos acelerar procesos, la espera no es opcional. Hay esperas que no se eliminan con ningún avance. Un bebé nace después de nueve meses, un duelo se cierra cuando aprendemos a cargarlo sin que nos aplaste. Hay cicatrices, decisiones y deseos que no admiten atajos.


La vida es espera, y cada quien sabrá qué está esperando. A mí no me inquieta tanto qué se espera ni cuánto dura la espera. Incluso me parece bastante acertada esa idea de que la vida es esperar algo que nunca llega, porque cuando finalmente llega, casi de inmediato empezamos a esperar otra cosa. Lo que de verdad me preocupa es cómo esperamos, porque la espera se habita, y la forma en que la habitamos es lo que muchas veces termina definiendo nuestro día a día.


Como bien lo dice en la primera definición, la espera, por muy pasiva que parezca, requiere siempre de esperanza… No esperamos igual aquello cuya llegada damos por hecha que aquello de lo que no tenemos certeza. Pedimos un café y esperamos porque sabemos que llegará. Nos detenemos ante un semáforo en rojo y esperamos porque confiamos en que, tarde o temprano, cambiará a verde. En esos casos, la espera es casi un trámite, puede incomodar, pero no angustia. Pero si esa certeza desapareciera, si no supiéramos si el café llegará o si el semáforo cambiará, la espera se transformaría por completo.


Y creo que lo mismo ocurre con todo lo demás… La forma en que esperamos está directamente ligada al grado de certeza que tenemos sobre aquello que esperamos.


La espera de algo incierto, puede ser divertida pero también muy desgastante, esa espera contiene muchas preguntas, suposiciones, escenarios, emociones, y para mí es es como entrar en una escalera eléctrica interminable, donde avanzamos pero no sabemos cúando llegaremos, no podemos hacer que vaya más rápido pero tampoco podemos bajarnos. Solo vemos pasar las rayas del metal bajo nuestros pies, una tras otra, idénticas, hipnóticas, cansadas. El tiempo sigue pasando y la vida sigue ocurriendo, incluso sobre la escalera.


Y la pregunta que me hago, mientras espero, es si existe la posibilidad de esperar afuera de la escalera. No arriba, no abajo. Afuera. Con un helado en la mano. Asoleándome en la playa. O, en un plan más realista, mirando a los de la escalera desde una banca mientras me tomo un mezcal. Quisiera que la respuesta fuera un rotundo sí, que se puede, que como todo, eso también se aprende. Pero entre más leo, más pienso y más observo, más claro me queda que no, la escalera no tiene salida lateral.


Nuestro cerebro no “elige” subirse a la escalera. La escalera se activa sola. Los humanos estamos diseñados para anticipar, para planear, para prever lo que viene. En cuanto hay algo importante que aún no sucede, el cerebro entra automáticamente en modo expectativa, y con la expectativa se desata la espera. Nos guste o no, así funcionamos. Mientras exista deseo, mientras exista futuro, habrá espera. Y para bajarnos de la escalera tendríamos que aniquilar el deseo y olvidar el futuro...


Todos los iluminados dicen que sí, que se bajaron. Buda, Jesús, algunos monjes, varios gurús y uno que otro bestseller espiritual coinciden en que la salida está en soltar el deseo y disolver el futuro.

Nah… no les creo.

Yo más bien creo que hicieron algo mucho más inteligente. Empacaron una maleta, invitaron a sus cuates y dejaron de poner la vida al final de la escalera. Se comieron el helado, pusieron música, se rieron un rato y siguieron viviendo desde la escalera.

Entendieron que la vida está en la escalera...

 
 
 

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