Estatua de Sal
- Olga Micha

- hace 16 minutos
- 4 Min. de lectura

Esta semana me topé con dos relatos que a pesar de ser de épocas y culturas radicalmente diferentes, parecen venir de la misma fuente. A veces pienso que las historias (bíblicas, mitológicas, literarias, científicas o actuales) están tejidas con el mismo hilo, pues cambian los nombres, los escenarios, los dioses. Pero en el fondo cuentan más o menos lo mismo.
Vi la película de Hamnet y en un momento mencionan la historia de Orfeo y Eurídice, esa en la que a ella la mordió una serpiente y murió. Orfeo, que era un músico extraordinario, conmovió a los dioses del inframundo con su música para que lo dejaran entrar por ella, su música era tan hermosa (siempre la música) que se lo permitieron. Podía llevarse a Eurídice al mundo de los vivos, pero con una condición (obvio, gratis nada), no mirar atrás hasta estar completamente fuera de ahí.
Ambos caminaban para salir del inframundo, él delante de ella. Yo supongo que estaba oscuro, que hacía mucho frío, el inframundo debe de ser peor que el infierno, sobre todo para los que no nos gusta el frío. Eran apenas recién casados, pero me imagino que Orfeo no la tomó de la mano porque, ya casi en la salida, sintió esa necesidad irremediable de comprobar que los dioses no lo habían engañado y volteó para asegurarse de que ella seguía ahí.
Entonces Eurídice se desvaneció.
Yo a veces apunto ideas o conceptos que me llaman la atención, pero en mi organización desorganizada lo hago en cualquier parte, en una libreta, en una servilleta, en las notas del celular… Y entonces rara vez vuelvo a encontrar esos apuntes… Pero hoy, justo antes de empezar a escribir, por algún azar del destino abrí un block y me encontré con una frase que decía “Estatua de sal (esposa de Lot)”. Esa escena la leí hace poco en una novela y, al recordarla, no pude evitar notar el parecido con la historia de Orfeo y Eurídice.
En este caso, la Biblia cuenta que Lot, el sobrino de Abraham, eligió quedarse en las tierras de Sodoma y Gomorra (las más ricas, pero también las más corruptas, porque a menudo esos adjetivos vienen muy juntos). Eran ciudades tan degradadas moralmente que Dios decidió destruirlas. Antes de hacerlo, mandó algunos ángeles para rescatar a Lot y a su familia. Aquí la advertencia se repite, la instrucción fue que huyeran, pero que no miraran atrás.
Esta vez quien desobedece es la esposa (a la que ni siquiera le dieron nombre) y la consecuencia es que termina convertida en estatua de sal. La verdad es que ambas historias me generan malestar, primero porque en estos relatos la desobediencia parece resultar fatal y segundo porque constantemente me encuentro con esa sensación incómoda de que fuimos creados con un diseño y luego se nos dieron instrucciones que parecen contradecirlo.
Digo, mirar atrás es un término que casi ni debería existir. Tenemos los ojos al frente y, para ver hacia atrás, tenemos que girar casi todo el cuerpo. Si lo pensamos, mirar atrás exige más esfuerzo físico que simplemente avanzar. En ese sentido el diseño parece claro, estamos hechos para ir hacia adelante.
Pero el cuello está profundamente ligado a la mente, y esa es otra historia. Porque la mente no fue diseñada solo para avanzar, o al menos no de la manera en que creemos. Si así fuera, ¿cómo explicamos todas esas veces en que nos entercamos, igual que Orfeo o que la esposa de Lot, con esa necesidad constante de confirmar que lo que fue sigue siendo?
En verdad creo que mirar atrás forma parte de lo que somos. Ya sea por no querer partir, por miedo a lo desconocido o porque avanzar implica aceptar que lo que fuimos ya no está disponible. Y eso se parece a la muerte, y la muerte siempre asusta. Pero no me refiero a mirar atrás solo como una cuestión abstracta, sino también a esos gestos mínimos y cotidianos, como esas palabras que fueron dichas y que más tarde, en la regadera, vuelven mezcladas con el sonido del agua, reconstruyendo la escena y preguntándonos qué habría pasado si hubiéramos elegido otras. Volvemos a esas relaciones, a esas canciones, a esos conceptos, porque ahí encontramos identidad, aunque en realidad todo eso ya sea apenas una estatua de sal.
Miramos atrás no porque seamos desobedientes por vocación (aunque lo seamos). Creo que lo hacemos porque somos seres hechos de memoria y porque el cuello, aunque gira con esfuerzo, permite que la mente pueda seguir cargando lo que amó, lo que dolió, lo que vivió. Imagino que un ser humano que nunca se vuelve sería alguien totalmente desapegado, sin miedos, sin vínculos, sin nostalgia. Y entonces me pregunto por qué las historias se empeñan en castigar a los hombres que siguen sus impulsos. Creo que avanzar sin llevarnos nada del pasado también sería otra forma de muerte, igual y más ligera, pero muerte al fin.
Entiendo a Orfeo, que volteó porque necesitaba saber que el amor de su vida seguía detrás de él. Y a la esposa de Lot aún más, ¿cómo no voltear cuando una parte de ti se queda en esas calles destruidas? Y creo que todos hacemos un poco de eso todo el tiempo. Por eso siento que hay algo en estas historias que todavía no termino de comprender. Nunca nos cuentan todo. Siempre quedan símbolos, detalles, pequeñas pistas. Y entonces se me aparece la imagen de la sal, pienso en cómo se forma una estatua y, de pronto, algo encaja.
No, no, la esposa de Lot no volteó hacia atrás nada más a mirar, creo que más bien se quedó estática, deseando recuperar su calle, llorando muchas, pero muchas lágrimas (que desde siempre han sido saladas). Se inundó y la sal de su propio llanto terminó por convertirla en estatua.
Lo de Orfeo fue distinto. No fue el giro del cuello lo que la mató, fue su falta de fe.
Y entonces creo que la consecuencia no es trágica por el mero acto de mirar atrás. El problema es más bien quedarse ahí, llorando y añorando y, además, sin fe...
Eso es lo que convierte a alguien en estatua de sal.
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