La Jaula
- Olga Micha

- 11 dic 2024
- 4 min de lectura
Actualizado: 24 abr

¿Y si salgo de la jaula y la puerta se cierra? ¿Y si no puedo volver jamás?
Un pajarito estaba dentro, e imaginé que esas eran las dos preguntas que asaltaban su pensamiento. La mazmorra, como me gustaba llamarla, tenía un enrejado metálico que mantenía al ave presa, pero bien ventilada. El pájaro era pequeño, no sé con exactitud a qué especie pertenecía, supongo, por su deslumbrante colorido, que era de la familia de los canarios. Ahí estaba el pequeño e incrédulo ser, mirando con miedo la inmensidad del exterior.
Sus patas se aferraban con fuerza al alambre horizontal sobre el que estaba posado. No se atrevía a dar el paso. Eso era todo lo que necesitaba para salir, lo prometo, un solo paso y un aleteo. Sin embargo, no se movía. Estaba petrificado, mirando el extenso mundo que había allá afuera. Sus ojitos, aunque pequeños, se notaban pensativos. Supongo que sabía que dentro de poco le llevarían alpiste y un poco de agua, que no tardaría la luz en volverse oscuridad y que dormiría con placidez hasta que el día siguiente anunciara su llegada.
Yo, desde afuera, afirmaba que mi trabajo estaba hecho. Me propuse liberar a todos los pájaros del pueblo. Este era el tercero de mi lista y el primero al que, después de abrirle la jaula, simplemente no se movía. Me coloqué detrás. Me agaché para descifrar lo que el pájaro miraba desde su estrecha mazmorra. Noté la cúpula que se erguía en la calle de enfrente, las ramas de un encino y el cable de luz que dividía al cielo en dos. Mira allá arriba, le insistí. Es tu casa, ¿no la recuerdas? Pero parecía que no. El pajarito seguía inmóvil. Yo no podía detenerme tanto tiempo con él, necesitaba ir a liberar a los demás antes de que los aldeanos volvieran de la fiesta y se encontraran con que las jaulas estaban abiertas y vacías. Al menos, eso era lo que deseaba, que las jaulas quedaran desocupadas y las aves, libres. Vamos, es por aquí, dije, mostrándole la salida con mi dedo.
Entonces dio el paso. ¡Sí, bien, así se hace!, exclamé aplaudiendo. El pequeño estaba en la puerta. Solo necesitaba aletear sus alas y ¡sería libre! Pero no... Sus alas estaban bien plegadas a un costado de su cuerpo. Me puse a aletear con mis brazos. Creí que así entendería lo que tenía que hacer, que posiblemente lo había olvidado. Con tantos años encerrado, seguro que es posible olvidar hasta el propio instinto, pensé. El canario no se inmutó. Me regaló un canto breve, como agradeciendo mi buena intención, pero ahí se quedó.
Te dejo la puerta abierta. Puedes salir cuando estés listo, pero te advierto que si no lo haces antes de que lleguen tus dueños, no podré hacer nada más por ti. La vida se trata de aprovechar oportunidades, amigo, no lo olvides.
Abrí veinte jaulas. En mi pueblo, tener pájaros encerrados era igual de importante que la campana junto a la puerta o las flores en el balcón. Las vecinas presumían sus malvones floreados y sus pájaros cautivos. No lo niego, los pétalos rojos y blancos se veían bonitos, pero el trino de las aves me sonaba como un canto desesperado. A los pobres pájaros les dejaban las alas, pero les cortaban su libertad.
Eso me ponía muy triste.
Algunos tardaron en salir, otros huyeron enseguida. Pero, finalmente, al único que no conseguí liberar fue a ese pájaro ensimismado.
Volví a mi casa feliz, convencida de que había hecho mi parte, de que había mejorado el mundo al otorgarles a esos seres un regalo tan preciado. Pero los vecinos comenzaron a sospechar de mí. Vinieron a tocar la puerta de mi casa en la madrugada para preguntar si sabía algo de sus mascotas aprisionadas. Me hice la enferma y, sin abrir la puerta, les grité que no había salido en todo el día. Lo hecho, hecho estaba.
Al día siguiente desperté feliz, como si hubiera cumplido con mi misión de vida. Preparé el desayuno e incluso comencé a planear cómo iba a hacer para liberar al único pajarito que me quedó pendiente. Hasta ese momento, el día anterior había sido uno de los mejores de mi vida.
Qué curioso que resultó ser lo contrario.
Salí de casa para hacer mis compras y vi que las vecinas estaban paradas sobre la banqueta. Miraban consternadas la veintena de aves que yacían sobre la acera. No lo podía creer, me había convertido en una asesina. Han pasado varios años, y aún no me olvido del cruel espectáculo.
Lloré, no solo por su muerte, sino por la certeza que se me vino de golpe. Yo había abierto todas las jaulas convencida de que estaba haciendo lo correcto, de que bastaba con devolverles el cielo para que supieran qué hacer con él. Nunca se me ocurrió que, después de tanto tiempo encerrados, el mundo podía ser demasiado grande y demasiado brutal para ellos. Mi buena intención no los salvó, los soltó en un lugar para el que ya no estaban hechos.
Ese pájaro que decidió quedarse tenía razón. Lo entendí demasiado tarde. Hay puertas que se abren antes de tiempo, y yo, pensando que con liberarlos sería suficiente, que la jaula era el único problema, jamás imaginé que el verdadero encierro seguía ahí, dentro del cuerpo, metido en los huesos, volviendo inútiles las alas.
Nunca me detuve a pensar que la libertad también se aprende. Que no basta con soltar, que hay quienes, después de tanto tiempo encerrados, ya no saben qué hacer con tanto cielo.
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