Aguas

Érase una vez dos peces jóvenes que nadaban juntos cuando, de pronto, se cruzaron con un pez viejo que los saludó. Buenos días, muchachos. ¿Cómo está el agua? Los dos jóvenes siguieron nadando hasta que al cabo de un rato, uno miró al otro y le preguntó ¿qué demonios es el agua?
Con esta parábola de dudosa procedencia comienza Esto es agua, el célebre discurso que David Foster Wallace pronunció ante los graduados de Kenyon College en 2005 y que posteriormente se publicó como ensayo.
La parábola es perfecta tal como es y tengo miedo de descomponerla imaginando lo que pudo haber pasado después con esos dos peces, pero las posibilidades son tan divertidas que no puedo resistir la tentación de explorarlas. Imagino al pez anaranjado diciéndole al de labios gruesos que pobre viejito, ¿no?, ya se le va la onda, a lo que el pez besucón respondió que sí, cabrón, la edad es canija. El pez naranja siguió con su vida, llegó a su casa, saludó a su mamá, comió un plato de ensalada de algas, se puso a estudiar para el examen de historia, terminó la preparatoria, entró a la universidad, se convirtió en abogado, luego en político y ahora el cabrón es presidente del barrio Coralina, ubicado al sur del océano Pacífico.
Al de labios gruesos, o Besucón, como lo apodaban, le tocó otra historia. Aquella tarde, después del encuentro con el pez viejo, no podía pensar en otra cosa que en esa palabra de cuatro letras que empezaba y terminaba con la primera letra del abecedario. Estaba obsesionado con las palabras así, alga, alma, aura… conocía muchas, pero agua… ¿Cómo que cómo está el agua? ¿Qué es el agua? ¿Por qué aquel viejo se había acercado a hacerles semejante pregunta? Esa noche no pudo dormir, aventó sus sábanas nuevas de piel de morena y salió a buscar al viejo pez. Se arrepentía de no haberle preguntado en aquel momento qué demonios era el agua, pero estaba seguro de que el pez naranja se habría burlado de él. Ahora aquella maldita palabra no dejaba de resonarle en el oído. Era como un llamado extraño y cuando a Besucón se le metía algo en la cabeza, no había quien lo parara.
¿A dónde vas a estas horas?, le preguntó su mamá. Mamá, tengo que encontrar a un pez viejo. ¿Qué viejo? ¿Qué te hizo? Me preguntó cómo estaba el agua. ¿Y qué le contestaste? Nada. Pues muy mal, hijo, podrías haberle dicho que bien, gracias. ¡Mamá, no entiendes! ¡No sé qué es el agua! Pues pregúntale mañana, los viejos se duermen temprano. Es que no puedo dormir sin saberlo. Mira, Besucón, llevas dieciocho años sin saber qué es el agua y hasta hoy no te había quitado el sueño. No veo por qué no puedes aguantar una noche más. ¿Y tú sabes qué es el agua, mamá? No lo sé, hijo, pero sí sé que mañana tienes examen, así que te me regresas a dormir.
Besucón regresó a su cama, pero no pudo dormir. Al día siguiente reprobó el examen pensando en el agua y, a partir de ahí, su vida se trató de resolver aquel misterio. Uno de esos misterios de la vida que a algunos les pegan fuerte y de los que otros salen ilesos.
No hablaré más del destino del pez naranja. Para entonces, ya estaba haciendo campaña para reelegirse, mientras que el pobre Besucón llevaba media vida buscando una respuesta. Así como el papá de Nemo recorrió el océano para encontrar a su hijo, Besucón había emprendido un viaje para encontrar el agua. Al viejo, por supuesto, no había vuelto a encontrarlo. Antes de partir, su mamá le había advertido que dejara de vivir la vida como si hubiera un mañana y que, si encontraba a alguien interesante en el camino, le pidiera su teléfono.
Besucón preparó su maleta, se despidió de su madre y emprendió el camino. El camino estaba lleno de cosas, pero sobre todo de seres. Alguno de aquellos personajes debía saber qué carajos era el agua. Besucón estaba ya tan obsesionado con el asunto que creía que, cuando finalmente encontrara el agua, su vida por fin tendría sentido. Un sentido que no sabía que necesitaba darle antes de escuchar aquella palabra. Pero ya no había vuelta atrás. El viejo se había cruzado en su vida y le había metido aquella duda hasta lo más profundo de sus entrañas.
Pulpo de ocho brazos, tres corazones y sangre azul, ¿tú me puedes decir qué es el agua? No lo sé, querido Besucón. Delfín tan inteligente, sonriente y bailarín, ¿tú sabes qué es el agua? No, querido pez, ¡pero qué más da! Si quieres, te llevo un ratito a hacer marometas. Tiburón, ballena, sardina, tortuga… Nadie, ni un solo ser, sabía qué era el agua. Tal vez el pez naranja tenía razón y aquel viejo se estaba volviendo loco. Y pensar que había perdido años de su vida buscando algo que jamás encontraría…
¡Espera!, le dijo Sebastián, el cangrejo de La sirenita. ¿Cómo piensas encontrar algo si no sabes qué estás buscando? ¡Por eso voy preguntando, Sebastián! ¿Y cómo vas a reconocerlo cuando lo encuentres? Besucón se quedó pensando. Aquello no se le había ocurrido. Y otra cosa, intervino una langosta que llevaba un rato escuchando la conversación, ¿qué chingados vas a hacer cuando descubras qué es el agua? Pues no sé, supongo que seré feliz. Eso mismo pensaba yo. Me pasé veinte años buscando la perla más grande del océano. Crucé siete mares, perdí una pinza, sobreviví a tres redes de pescadores y, cuando finalmente la encontré, fue tremendamente decepcionante. ¿Por qué? ¿No era tan grande? Enorme. ¿No era bonita? Preciosa. ¿Entonces? Pues que era una perla, Besucón. Una maldita perla. Me quedé mirándola durante horas esperando que sucediera algo extraordinario, pero no pasó nada. Al día siguiente me desperté exactamente igual que siempre, solo que con una perla enorme estorbándome en la casa. ¿Y qué hiciste? La vendí. ¿Y ahora qué buscas? Una perla más grande.
Besucón estaba sumamente desmotivado, ya no quería seguir perdiendo el tiempo. Al enterarse de que el pez naranja había ganado la reelección, que tenía cuatro mansiones gigantes en diferentes océanos, que se había casado con una sirena veinte años más chica y que acababa de publicar un bestseller titulado “Nada hacia el éxito”, se sintió todavía peor. El cabrón no tenía la menor idea de qué era el agua y eso no le había impedido absolutamente nada. Mientras Besucón había recorrido medio océano interrogando a pulpos, delfines y tiburones, su viejo amigo había acumulado una fortuna de origen inexplicable, criado a diez pececitos y prometido acabar con la pobreza del océano, aunque, por alguna extraña razón, su patrimonio era el único que no dejaba de crecer. Y lo peor de todo era que seguramente el pez naranja ni siquiera recordaba aquel encuentro con el viejo pez.
Besucón empezó a sentir una rabia descomunal. No contra el pez naranja, sino contra aquel maldito viejo que una mañana había decidido arruinarle la vida con una pregunta que ni siquiera tuvo la cortesía de responder. ¿Qué chingados era el agua? A nadie le importaba. Había desperdiciado media vida buscando algo que nadie sabía explicarle y, lo peor de todo, era que antes de escuchar aquella maldita palabra había sido un pez bastante feliz.
¿Qué necesidad tenía de ir por ahí sembrando dudas existenciales entre peces que no le habían hecho absolutamente nada? No era justo y cuanto más lo pensaba, más se encabronaba. Así que tomó una decisión. Si él había perdido media vida intentando averiguar qué demonios era el agua, no veía por qué los demás iban a salir tan bien librados. Pasaron los años y Besucón envejeció hasta tener por fin la apariencia de un pez al que cualquiera le atribuiría cierta sabiduría. Una mañana se encontró con dos peces jóvenes que nadaban juntos, despreocupados y felices, como lo había sido él alguna vez. Se acercó con una sonrisa y los saludó. Buenos días, muchachos. ¿Cómo está el agua? Los dos peces siguieron nadando un rato hasta que uno de ellos miró al otro. ¿Qué demonios es el agua?
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