Un absurdo en la Provenza

Ahí estaba yo, afuera de la oficina de turismo, temprano, con mi exprés doble cortado en la mano (sin Splenda) porque en Europa no hay Splenda y para sustituir un sobre de ese químico hay que aventarle como cuatro sobres de azúcar normal. Ese día me la ahorré, siento que hasta feo te ven poniéndole tanta azúcar al café, y entonces me tomé el café así sin máscaras, como es en realidad y como no me gusta… Amargo. Supongo que ahí empezó el primer absurdo del día.
El grupo se empezó a reunir, éramos poquitos. Una mujer sola que aprovechó para conocer los alrededores porque su esposo estaba en una convención. Una pareja de viejitos escoceses hermosos, otra pareja de sesentones ingleses (que más bien parecían recién salidos de Nueva Orleans, de alguna cuadra de jazz), morenos, él con sombrero, ella vestido azul con puntos blancos. El caso es que estaban muy elegantes. La tercera pareja tendría alrededor de cincuenta y tantos, ella hindú y él italiano. Ambos viviendo en Toronto. También estaba el guía, un francés que no tenía ni nombre ni carácter de francés, pero lo era. Y por último yo, un poco más joven que todos. Razón por la que me senté hasta atrás de la van, por facilidad de logística y para evitarles mareos. Por buena suerte yo no me mareo, así que lo hice encantada.
Lourmarin es un pueblo chiquitito, beige, hermoso, está sobre una colina y apenas al llegar se ve un castillo que parece salido de una película. El lugar tiene una vista espectacular, mucho verde, olivos, viñedos, huele a miel y a lavanda. Te sientes diminuto y a la vez inmenso cuando ese viento te vuela el pelo. Yo quería sacarle foto a todo, al paisaje, a las sensaciones, al viento. Triste que aún no se ha inventado una cámara así. Sería absurdo, lo sé… Pero mientras pensaba en esos inventos imposibles que luego no sé cómo se vuelven posibles, el guía mencionó que Camus estaba enterrado en aquel pequeño pueblo.
¿Camus?, me pregunté… El filósofo del absurdo. El extranjero, La peste, La caída… Camus, ¿cómo se te ocurrió tanta desgracia y tanta realidad viviendo en este pueblo tan perfecto?
Los tours pueden ser bastante tediosos, pero por fortuna siempre llega ese momento glorioso en que el guía anuncia que tenemos tiempo libre. Un tiempo que, de no haber contratado el tour habría sido prácticamente ilimitado, pero que, al convertirse en un bien escaso, adquiere de pronto un valor extraordinario. Es curioso cómo funciona la mente humana, pagamos para que alguien nos organice el día y después agradecemos profundamente que nos devuelva una hora de nuestra propia libertad. Y ahí vamos todos felices, a ejercerla a contrarreloj.
Y ahí iba yo, a mi propio ritmo, con mis propias reglas.
Viajar sola tiene sus ventajas. Me detuve en una tiendita de lavanda. Había aceites de lavanda, jabones de lavanda, saquitos de lavanda, cremas de lavanda, y mi cabeza empezó a pelear entre si compraba diez botecitos para regalar o no compraba nada, porque qué flojera estar cargando. La discordia duró poco. Lo de la cargadera definitivamente no me interesaba, así que me decidí solo por uno. ¡Asunto resuelto!
Me había impresionado lo de Camus. La verdad, no tenía idea de que hubiera vivido en Lourmarin, mucho menos de que estuviera enterrado ahí. Lo de visitar su tumba ni siquiera lo consideré. Para empezar, no me gustan las tumbas y, para seguirle, si la competencia era entre visitar a un muerto o caminar, respirar y disfrutar de aquel pueblo increíble, pues para mí no existía competencia. Así que me disculpé con Camus, lo invité a acompañarme y seguí recorriendo las calles con el fantasma del hombre que había imaginado a Sísifo feliz.
Camus me cae bien porque tuvo el valor de reconocer que el ser humano siempre anda buscando desesperadamente explicaciones para una existencia que normalmente no las tiene y, si las tiene, no las da. A Camus esto le parecía absurdo, pero aun así, defendía que con todo y eso la vida valía la pena vivirla. Por eso, lo interesante de su Sísifo no era que tuviera que empujar una piedra hasta arriba de la montaña una y otra vez, sino que Camus se lo imaginaba siendo feliz con su castigo.
Y mientras caminaba imaginé a Camus junto a mí, pisando las mismas piedras que yo, casi setenta años atrás, mirando los mismos árboles, respirando el mismo aire. Me pregunté cuántas veces habría recorrido esas calles intentando descifrar la existencia. Yo siempre idealizando… Probablemente Camus no había elegido la Provenza para seguir haciéndose preguntas, sino para descansar un poco de ellas. Para disfrutar del sol, del paisaje, de una copa de vino, sin necesidad de encontrarle una explicación a todo.
Di una vuelta, entré y salí de varias tiendas, siempre con las manos vacías, porque qué flojera cargar. Ya habría tiempo de arrepentirme en mi último destino de no haber comprado todas esas bellezas. Pero supongo que eso también forma parte del viaje, el recuento de los antojos no obtenidos. Y es que se me antoja todo, los objetos, las casas, las calles, hasta los olores. Un frasquito donde meter el lugar completo, para poseerlo… Absurdo.
Pero no cabe. ¡Ya está!
Y entonces mi tiempo libre se acababa. No, no… Me tengo que sentar a tomar un vino en la Provenza francesa, pensé. Busqué un lugarcito donde hubiera mesas libres y por fin lo encontré. Con el tiempo he entendido que eso de estar reservando lugares en todos lados para que te aparten una mesa te quita la posibilidad de conectarte con las mesas que están destinadas para ti. También absurdo, lo sé.
Pedí un vino de esas tierras que Camus había elegido para vivir. Un Blanc du Luberon. Y no, no se crean que en voz alta, sino señalándole el nombre en la carta al mesero. Mejor así, porque el acento francés y yo nomás no coincidimos. Camus seguramente habría encontrado algo de absurdo en recorrer medio mundo para terminar comunicándome con el dedo índice. Pero el mesero entendió, el vino llegó y yo me propuse disfrutar de mi copa sin revisar la hora, sin mirar el celular, sin pensar en qué vendría después, sin decidir si estaba aprovechando bien el día o si debería estar viendo otra cosa.
Lo logré. No por mucho tiempo, pero sí durante algunos minutos, veinte como máximo. Todo era paz y felicidad hasta que recordé que mi tour estaba por irse y necesitaba la cuenta. Entonces, el presente dejó de parecerme una revelación filosófica y se convirtió en un problema logístico. Busqué al mesero con la mirada. Nada. Intenté establecer contacto visual. Nada. Levanté discretamente una mano. Nada. Al parecer, los meseros franceses poseen un talento extraordinario para mirar exactamente hacia todos los lugares en los que tú no estás.
Le pedí ayuda a Camus, el mesero finalmente llegó, pagué la cuenta y corrí a encontrarme con mis amigos del tour. No había visitado la tumba de Camus, no había comprado casi nada y apenas había alcanzado a tomarme mi copa de vino. La pasé increíble. Me despedí de él y le agradecí por los absurdos, por los veinte minutos de presente y, sobre todo, por no haberme dado una sola respuesta.
No logré atrapar el viento, ni meter el pueblo entero en una botella, ni hacer que el tiempo avanzara más despacio. Pero durante unos minutos había dejado de intentarlo.
Y eso, para alguien como yo, ya era bastante
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